CDMX.- La más reciente “mañanera del pueblo” llegó cargada de mensajes sobre mujeres, derechos y reformas legales; pero entre los puntos cuidadosamente acomodados hubo un tema que encendió las alertas: el intento de corregir —sin corregir— la polémica de Rosa Icela Rodríguez sobre los bloqueos carreteros.
Claudia Sheinbaum afirmó que su gobierno “no criminaliza la protesta” y que todo fue “una interpretación errónea” de Gobernación, intentando suavizar la crisis política que ella misma detonó 48 horas antes. Sin embargo, el mensaje real estaba entre líneas: el gobierno pide “diálogo”, pero advierte que se mantendrán “mesas permanentes” para monitorear a quienes se manifiestan y asegurar que “no se afecte a terceros”. Es decir, la misma narrativa que históricamente han usado gobiernos que buscan justificar la contención, vigilancia y administración de la inconformidad ciudadana.
En pocas palabras, Sheinbaum quiere quedar bien con todos: con quienes protestan, con quienes se molestan por los bloqueos y, sobre todo, con la idea de que su gobierno no comete los mismos excesos que criticó cuando era oposición. Solo que la realidad no encaja con el discurso. Mientras la Presidenta jura que no hay intención de criminalizar, su secretaria de Gobernación declara abiertamente que bloquear carreteras es delito. Y mientras se presume un país “movilizado por la vida de las mujeres”, los cateos, vallas, blindajes y retenes se despliegan cada vez que se anuncia una manifestación incómoda.
Lo más llamativo es la contradicción histórica. Morena nació, creció y se consolidó bloqueando calles, avenidas, carreteras, pozos petroleros y hasta Reforma completa durante 47 días. Hoy, desde el poder, les molesta la protesta. Ayer lo llamaban “resistencia civil pacífica”; hoy lo etiquetan como “grupo violento”, “radicalización” o “provocación”.
Claudia Sheinbaum intenta equilibrar el discurso, pero se nota tirante, calculado, casi quirúrgico: reconoce la protesta —porque no hacerlo sería suicida— pero al mismo tiempo establece la línea para restringirla cuando convenga. Un doble filo disfrazado de apertura.
La narrativa oficial es clara:
—No criminalizamos, pero no bloqueen.
—Hay libertad, pero bajo nuestras condiciones.
—Hay diálogo, pero con vigilancia y protocolos.
Mientras el gobierno construye su propio guion para administrar el enojo social, miles de ciudadanos recuerdan que la protesta existe para incomodar, no para pedir permiso. Y que el verdadero problema no son los bloqueos, sino que quienes ayer bloquearon hoy gobiernan con miedo a que les bloqueen a ellos.

