Pastel, mariachi y poder: cuando la política se disfraza de cumpleaños

En Baja California la política tiene una extraña habilidad para convertir cualquier acto personal en un mitin anticipado. El reciente festejo de cumpleaños de Jesús Ruiz Uribe no fue la excepción, más de tres mil personas reunidas, mariachi afinado, mañanitas coreadas al unísono y discursos cargados de épica popular. Todo muy emotivo, muy cercano, muy útil para la narrativa del poder.

La escena ocurrió en la Plaza Nuevo Toreo de Tijuana, un espacio que suele ser más común para el consumo que para la reflexión cívica. Ahí, los llamados comités ciudadanos por la transformación celebraron al funcionario como si se tratara de un líder histórico, abrazos, canciones como El Rey y Cielito Lindo, mensajes sobre bienestar y unidad, el guion fue impecable, la pregunta es qué tan espontáneo resulta un cumpleaños con logística de evento político.

El contraste es inevitable cuando se revisan otras realidades que viven las colonias populares que dicen representar esos comités. Mientras el mariachi cantaba, en muchas de esas mismas zonas persisten servicios deficientes, calles olvidadas y promesas recicladas, el discurso del arraigo, “de aquí somos”, suena bien entre aplausos, pero pierde fuerza frente a la falta de resultados tangibles.

La participación de la familia completa la postal perfecta, la esposa elogiando al gran compañero de vida, los hijos como símbolo de futuro y estabilidad. Todo legítimo en lo personal, pero estratégicamente poderoso en lo público, la política mexicana lleva décadas utilizando la emotividad familiar como escudo frente a la crítica. Funciona porque humaniza, aunque también distrae.

No se trata de negar el derecho a celebrar un cumpleaños, se trata de cuestionar por qué estos festejos se convierten en plataformas de posicionamiento político disfrazadas de cariño ciudadano. Cuando el poder se acostumbra a los aplausos organizados, corre el riesgo de confundir respaldo real con escenografía.

En tiempos donde la rendición de cuentas escasea, los mariachis sobran, el reto no está en reunir multitudes para cantar mañanitas, sino en lograr que esas mismas personas celebren obras cumplidas, decisiones transparentes y resultados medibles. Eso sí sería motivo de fiesta.

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