Morena difunde en redes un contraste casi épico sobre educación. De un lado la llamada Cuarta Transformación como redentora del pueblo estudiantil, del otro los villanos neoliberales que supuestamente dejaron aulas en ruinas. El problema surge cuando la propaganda se estrella contra el piso de las escuelas públicas de Baja California.
Mientras el partido presume la eliminación de exámenes de ingreso a preparatoria bajo el lema de que nadie se quedará sin espacio, en Tijuana y Mexicali la conversación es otra. Padres de familia bloquean planteles porque no hay maestros frente a grupo, docentes cierran puertas porque el salario no llega completo ni a tiempo. La escena se repite con una normalidad que debería escandalizar a cualquier autoridad educativa.
En el papel suena progresista abrir las puertas sin filtros, en la práctica no sirve de mucho si dentro del salón no hay quien imparta clase. El acceso sin estructura es demagogia, ampliar matrícula sin garantizar plantilla docente suficiente es fabricar frustración.
El contraste se vuelve más crudo cuando se observa la conducción de la Secretaría de Educación estatal, el titular parece más concentrado en la grilla interna, en calcular costos políticos, en operar como salvavidas de la administración de Marina del Pilar que en atender la crisis cotidiana del sistema educativo. La prioridad no luce académica sino electoral.
Las cifras de rezago docente no se resuelven con infografías partidistas. La falta de pagos tampoco desaparece con discursos sobre humanismo mexicano, Baja California arrastra déficits históricos en infraestructura, cobertura y estabilidad laboral del magisterio. A eso se suma la improvisación.
Resulta inquietante que se presuma una revolución educativa mientras las comunidades escolares viven en incertidumbre, urge funcionarios con noción básica de su responsabilidad. Primero se atiende lo urgente: maestros pagados, grupos completos, calendarios cumplidos, después se diseñan reformas de largo alcance.
La educación no necesita propaganda, necesita gestión seria, técnica y transparente. En Baja California el salón de clases se ha convertido en campo de batalla político. Los estudiantes no deberían ser daño colateral.

