En momentos complejos, cuando la tensión parece imponerse al ánimo colectivo, las instituciones mexicanas reiteran un mensaje que busca sostener el tejido social: la calma es una herramienta de fortaleza. Desde Tijuana, el respaldo al llamado del secretario federal a mantener la serenidad no es un gesto aislado, sino parte de una estrategia más amplia que apuesta por la coordinación y la responsabilidad compartida.
El Gobierno de México ha señalado que actúa con todas sus capacidades para restablecer la paz, subrayando el trabajo del Ejército, la Guardia Nacional y la Fuerza Aérea. Los operativos recientes, que lograron debilitar a una organización criminal de alcance internacional, reflejan un esfuerzo sostenido por enfrentar estructuras delictivas complejas. Estas acciones, si bien generan ajustes temporales en la dinámica cotidiana, forman parte de una política de seguridad orientada a recuperar espacios y garantizar la tranquilidad de las familias.
Es comprensible que, ante hechos de alto impacto, surjan inquietudes entre la población. Comercios que bajan cortinas de manera preventiva o familias que optan por resguardarse son expresiones de cautela legítima. En ese contexto, la comunicación institucional cobra un papel esencial: informar con oportunidad, reforzar la presencia de las autoridades y mantener abiertos los canales de diálogo con la ciudadanía.
La instrucción presidencial ha sido clara en su prioridad: proteger a la población. Esto implica no solo el despliegue de fuerzas federales cuando la situación lo amerita, sino también el fortalecimiento de labores de inteligencia, prevención y coordinación con autoridades estatales y municipales. La construcción de la paz es un proceso continuo que requiere disciplina, cooperación y constancia.
México cuenta con instituciones que han demostrado capacidad de respuesta ante escenarios adversos. La solidez institucional se consolida con resultados, pero también con la participación activa de la sociedad. La confianza no es un punto de partida automático, sino una meta que se cultiva con hechos, transparencia y cercanía.
Hoy, más que nunca, Tijuana y el país entero enfrentan el reto con determinación. La calma no es sinónimo de pasividad, sino de convicción en que, mediante el trabajo conjunto y el respeto al Estado de derecho, es posible avanzar hacia una estabilidad duradera.

