La noche volvió a caer sobre Tijuana con puntualidad trágica, en la colonia Terrazas del Valle, dos hombres fueron asesinados dentro de un domicilio mientras una joven de 19 años luchaba por su vida tras recibir una herida en el cuello. El escenario: calles con nombres bonitos como Hacienda Las Arboledas y Paseo de las Delicias. La realidad: violencia cruda a escasos metros de una iglesia, la metáfora se escribe sola.
Fernanda apareció ensangrentada en la vía pública, alcanzó a señalar que dentro de la vivienda había más víctimas, agentes ingresaron al inmueble, encontraron a dos hombres sin vida con lesiones de arma blanca, otra escena más para la estadística que cada dia se maquilla.
El protocolo se activa con eficiencia administrativa: acordonamiento, peritajes, levantamiento de cuerpos, pero lo que sigue sin activarse con la misma diligencia es una política preventiva capaz de evitar que la violencia doméstica, los conflictos personales o la delincuencia organizada conviertan viviendas en cámaras de horror.
Suelen presumirse reuniones de coordinación, mesas de seguridad, cifras que comparan semanas “a la baja”. Mientras tanto, en las colonias periféricas de Tijuana la percepción es otra, patrullajes intermitentes, ministerios públicos rebasados, carpetas que duermen el sueño burocrático.
Cada homicidio trae consigo un comunicado que promete esclarecer los hechos, pocas veces llega el comunicado que explique por qué seguimos contando muertos con la misma naturalidad con que se reporta el clima. La violencia con arma blanca, lejos de la espectacularidad de los fusiles, revela algo más inquietante: cercanía, contacto directo, conflictos que estallan sin que nadie detecte señales de alerta.
Terrazas del Valle no es un punto aislado en el mapa rojo de la ciudad, es un síntoma, otro más, uno que confirma que la estrategia de seguridad parece diseñada para reaccionar ante la tragedia, nunca para impedirla.

