En Tijuana no hace falta privatizar un parque para restringirlo. Basta con un comité vecinal decidido a imponer reglas propias en un espacio que no le pertenece. Eso es lo que denuncian padres de familia en Lomas Hipódromo, donde la mañana del 25 de febrero fueron retirados los aros de básquetbol de la cancha ubicada entre Mazatlán y Puertos del Sur Oriente.
El argumento oficial brilla por su ausencia. No hay documento del Ayuntamiento que respalde la medida. Lo que sí existe, según los manifestantes, es un reglamento interno elaborado por el comité vecinal con horarios específicos y disposiciones que califican como exageradas. Un reglamento que no está publicado en ningún medio oficial. Un reglamento que, sin embargo, se usa para pedir a jóvenes que abandonen la cancha.
Jaziel Omar Camacho, uno de los padres inconformes, lo resumió con claridad: el espacio es utilizado por decenas de menores que practican deporte de forma cotidiana. Ni vandalismo, ni disturbios, ni reportes formales de daños. Solo niños desde seis años hasta preparatoria jugando básquetbol mientras sus padres permanecen cerca.
La escena resulta paradójica. En una ciudad que batalla contra violencia, adicciones, desintegración comunitaria, se limita uno de los pocos espacios donde jóvenes se mantienen activos. Se desmontan aros como si el problema fuera el balón.
La pregunta es sencilla: ¿desde cuándo un comité vecinal tiene facultades para restringir el uso de un bien público? Si autoridades municipales han acudido a respaldar esa decisión sin sustento formal, el asunto deja de ser vecinal para convertirse en institucional.
Cerrar canchas no mejora la convivencia. La empeora. Cada espacio deportivo que se restringe es terreno que se le cede al ocio improductivo. La preocupación de los padres no es exageración, es prevención.
Si el Ayuntamiento guarda silencio, la percepción será clara: el espacio público puede administrarse según intereses particulares. Hoy son aros desmontados. Mañana podría ser la puerta cerrada con candado.

