La mañana de hoy 2 de marzo volvió a recordarnos que en Tijuana la rutina incluye cobijas rojas abandonadas a la orilla de la carretera. Esta vez fue sobre la Libre Tijuana–Tecate, a la altura de Villa del Campo Residencial, en la delegación Presa Rural. Un bulto con forma humana, una cartulina enrollada, una llamada al 911 antes de las siete. El guion de siempre.
La escena se activó con la coreografía institucional conocida: primeros respondientes de la Policía Municipal, resguardo posterior de la Guardia Nacional, intervención de la Fuerza Estatal de Seguridad Ciudadana. Al final, carpeta para la unidad de Homicidios Dolosos, la liturgia burocrática que convierte el horror en trámite administrativo.
El detalle del narcomensaje, esa cartulina que acompaña al cadáver como firma macabra, no es accesorio, es propaganda criminal colocada en vía pública, es disputa territorial convertida en espectáculo. Es mensaje dirigido tanto a rivales como a autoridades, lo inquietante no radica solo en la brutalidad del acto sino en la normalización del formato, cobija, cartulina, abandono en zona de tránsito, repetición hasta el cansancio.
Las autoridades han optado por medir la violencia en cortes estadísticos trimestrales, no en el control efectivo del territorio. El énfasis está en porcentajes comparativos, no en la capacidad real de disuadir que un cuerpo sea abandonado a plena luz del día en una vialidad estatal. Esa brecha entre el dato agregado y la experiencia cotidiana de colonias como Villa del Campo es donde se instala la impunidad. Ahí, en ese vacío operativo, prosperan los mensajes que buscan imponer orden desde el crimen.
Villa del Campo no es un punto aislado en el mapa, es parte de una periferia que creció sin servicios suficientes, con vigilancia intermitente, con presencia estatal reactiva. El mensaje que queda tendido sobre el asfalto no solo habla de pugnas delictivas, habla de control territorial disputado palmo a palmo mientras la autoridad llega después, acordona, levanta, archiva.
El tráfico se afectó de manera momentánea, la indignación pública también… después todo vuelve a fluir, como si nada. Hasta la próxima cobija roja.

