En Tijuana los reportes de una persona herida por arma de fuego se han convertido en una escena casi rutinaria del paisaje informativo. Cambian las colonias, cambian las calles, cambia la hora del día. El guion permanece prácticamente intacto: detonaciones, una víctima, paramédicos que llegan para estabilizarla, agresores que desaparecen en cuestión de minutos. La tarde del miércoles en la colonia Gran Tenochtitlán siguió exactamente esa secuencia conocida. Un hombre de unos 25 años terminó en el hospital después de recibir disparos en plena vía pública.
El dato que más se repite en este tipo de hechos no es la edad de la víctima ni el calibre del arma. Es la frase que aparece siempre al final del reporte: los responsables huyeron. Esta vez, según información preliminar, escaparon en una camioneta Patriot azul marino. La descripción suele ser breve, suficiente para el parte policiaco, insuficiente para una ciudad donde las fugas se diluyen entre el tráfico, las calles sin vigilancia constante y una respuesta institucional que suele llegar cuando la escena ya está marcada con cinta amarilla.
El episodio vuelve a exhibir una paradoja incómoda. Tijuana presume operativos, patrullajes, cámaras de vigilancia, estrategias de seguridad que se anuncian con tono solemne en conferencias y comunicados. Sin embargo la realidad cotidiana revela otra dinámica. La violencia ocurre a plena luz de la tarde en colonias habitadas, frente a vecinos que escuchan los disparos, mientras la reacción oficial se limita a llegar después para recoger indicios y trasladar a la víctima.
No se trata de minimizar el trabajo de paramédicos ni de policías que atienden emergencias. Ellos aparecen en la escena para evitar que la tragedia escale. El problema se encuentra antes del disparo. La prevención, ese concepto que tanto aparece en los discursos gubernamentales, rara vez se percibe en las calles donde ocurren estos ataques. En ese vacío operativo prospera una lógica peligrosa: quien dispara sabe que tiene varios minutos para desaparecer.
La ciudad termina atrapada en un ciclo que ya parece burocrático. Se activa el reporte, se traslada al herido, se abre una carpeta de investigación, se espera información sobre posibles detenidos que casi nunca llega el mismo día. Mientras tanto la colonia vuelve a su rutina con la sensación de que el siguiente episodio puede ocurrir en cualquier otra esquina.
Redaccion Noticias Contraste BC

