En Tijuana estacionarse no siempre es sencillo. Por eso existen la posibilidad de contratar la línea amarilla: espacios exclusivos que no aparecen por casualidad. Detrás de cada una hay un trámite ante el Ayuntamiento, requisitos cumplidos, inspecciones, permisos y un pago de derechos que no es menor. Algunos negocios lo hacen porque su giro lo exige; otros porque quieren ofrecer a sus clientes la comodidad de un lugar disponible, en cualquier caso, no es privilegio improvisado: es un derecho adquirido conforme a reglas claras y costosas.
Pero siempre aparece alguien que lo ve vacío y decide ocuparlo. No es cliente, no va al establecimiento, no realizó ningún trámite especial ni tiene privilegios, simplemente asume que como está libre “por un momento”, puede usarlo, “Pedro Pistolas” se estaciona y se va tranquilo, total “solo serán unos cuentos minutos”.
Mientras tanto, el locatario pierde más que paciencia, pierde oportunidades. Un cliente llega, no encuentra dónde estacionarse y se va, tal vez no regrese. Horas invertidas en gestionar el permiso, dinero pagado, cumplimiento de obligaciones… todo queda en segundo plano frente a la decisión de “Pedro Pistolas”, alguien que creyó tener un derecho que no le corresponde.
Cuando finalmente interviene la autoridad y llega la grúa, aparece el propietario del vehículo indignado, “fue entrada por salida”, “No tardé nada”, “Es un abuso”. Señala corrupción, prepotencia y quien sabe cuánto más. Se presenta como víctima, pero olvida algo esencial: el espacio no era público en ese momento, era exclusivo y su decisión afectó directamente a un tercero.
El problema no es la grúa ni la multa, el problema es la normalización de la idea de que las reglas aplican solo cuando nos convienen, que si algo está vacío, entonces puedo usarlo, que mi prisa justifica invadir el derecho de otro.
Aquí la pregunta no es solo cuánto cuesta la sanción, la pregunta es cuánto cuesta el daño que se provoca. Porque cuando alguien ocupa un espacio exclusivo sin autorización, no está cometiendo una travesura: está afectando el trabajo, la inversión y la relación de un negocio con sus clientes.
En la vía pública, el respeto no es opcional y el derecho de uno termina donde comienza el del otro.

