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El huachicol fiscal cruzó la frontera; la indignación se quedó en casa

A Estados Unidos le preocupa el impuesto; a México le roban el país. Si la investigación no alcanza a los funcionarios cómplices, todo será solo guion y no justicia.

La FGR dice que ya investiga a empresarios de Estados Unidos por su presunta participación en redes de huachicol fiscal. La noticia suena a avance moderno: carpetas, jueces y rastreo internacional, en voz oficial todo pinta como diplomacia efectiva contra un delito que ya no se esconde en ductos rurales, sino en facturas, compañías pantalla y rutas que van del Golfo de México a puertos y depósitos con olor a dólares, hasta ahí, el titular convence.

Ahora viene la letra chica que nadie en el altar de la soberanía tendrá el valor de explicar: a Estados Unidos no le inquieta tanto que a México le roben hidrocarburos, lo que de verdad les duele es que alguien deje de pagar impuestos en su territorio. Al vecino del norte se le iluminan las alarmas cuando sus arcas dejan de recibir IVA, ISR o lo que toque; cuando las operaciones cruzan su jurisdicción y erosionan su recaudación, entonces sí se mueven las fiscalías y aparecen las órdenes de aprehensión internacionales. Traducción breve y cruda: el huachicol fiscal llegó al radar gringo porque les afecta el recibo, no porque les duela la omisión patrimonial de México.

Eso no debe minimizar el trabajo de la FGR ni la importancia de romper las redes transnacionales del contrabando, pero tampoco debe convertirse en la excusa para que la cooperación bilateral sea unidimensional: perseguir empresarios extranjeros mientras se deja que en casa sigan impunes los funcionarios que facilitan, protegen o toleran la trama, si las investigaciones terminan en listas de empresas sancionadas y en comunicados festivos, pero nadie en las oficinas públicas rindiendo cuentas, entonces todo habrá sido espectáculo.

La gobernadora, la Sedena y la FGR pueden celebrar decomisos y cargos; Estados Unidos puede aplaudir porque recupera ingresos fiscales. Entretanto, en México el viejo circuito sigue: corrupción local, permisos flexibles, facturas apócrifas y funcionarios que cambian de escritorio pero no de prácticas, ¿De qué sirve que la Fiscalía norteamericana cierre un puerto si aquí la aduana, el registro y el contrato siguen siendo terreno fértil para la venta discrecional del erario?

La cooperación internacional es necesaria, pero insuficiente si se usa como cortina de humo, si de verdad se quiere golpear al huachicol fiscal, hay que atacar las dos cabezas del monstruo: a los que facturan en Houston y a los que firman en oficinas de ciudad de México. Sin eso, seguiremos viendo titulares épicos que no cambian la realidad cotidiana: el combustible se va, el dinero no regresa y la impunidad gana tiempo.

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