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Féretro de oro: el espectáculo del poder incluso después de la muerte

Cuando el crimen se entierra con honores, la impunidad sigue viva.

En Guadalajara no solo se despide a los líderes sociales ni a los empresarios influyentes con pompa, también se rinde tributo con coronas, banda sinaloense y dispositivos de seguridad a quien encabezó uno de los cárteles más violentos del país. Nemesio Oseguera, conocido como “El Mencho”, fue despedido en un féretro dorado, rodeado de más de 150 arreglos florales, custodios privados y presencia de fuerzas federales. El símbolo es brutal: hasta la muerte puede convertirse en demostración de poder.

El funeral no fue discreto, grúas con ofrendas, arreglos con formas alusivas, música entonando “El Muchacho Alegre”, asistentes cubiertos con gafas oscuras y cubrebocas. Un evento donde la discreción brilló por su ausencia, aunque las inscripciones en las coronas sí optaron por el anonimato. El mensaje fue claro: presencia multitudinaria, identidad difusa.

El Recinto de la Paz en Zapopan extendió su horario habitual, los vehículos fúnebres entraron al mediodía, la banda sonó durante horas, la escena se desarrolló con una naturalidad inquietante, como si la liturgia del crimen organizado ya formara parte del paisaje institucional.

Resulta inevitable preguntarse qué representa que un personaje por quien Estados Unidos ofrecía 15 millones de dólares sea despedido con semejante despliegue. No es solo un funeral, es una puesta en escena, es la confirmación de que las estructuras económicas, sociales y hasta culturales que sostienen al narcotráfico permanecen intactas.

Mientras el discurso oficial insiste en que los cárteles están debilitados, el ritual funerario exhibe músculo, la capacidad logística, la convocatoria, el control del entorno. Incluso la música elegida habla de identidad, de narrativa propia, de una épica que se construye al margen del Estado.

El féretro dorado no es un detalle ornamental, es una declaración, un recordatorio de que el poder no solo se mide en territorios, también en símbolos.

En un país donde la violencia ha dejado miles de muertos anónimos, el contraste resulta obsceno. Algunos cuerpos se entierran sin nombre, otros se despiden entre aplausos, banda y oro.

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