La mañana en la colonia Gabilondo no empezó con tráfico ni con el bullicio escolar, empezó con disparos. Un hombre de 43 años junto con una niña de 11 terminaron heridos tras un ataque armado en las calles Guillermo Prieto con Ciprés, el vehículo quedó con intermitentes encendidos, motor en marcha, carrocería perforada. Postal conocida en Tijuana.
La escena describe más que un hecho aislado, describe una ciudad donde la violencia dejó de pedir permiso. Agentes municipales escucharon detonaciones durante un recorrido de vigilancia, llegaron, acordonaron y confirmaron impactos. Las víctimas ya se habían trasladado al Hospital del Carmen por sus propios medios. El parte oficial se limita a eso, no hay detenidos, no hay estado de salud confirmado, no hay explicación pública sobre el móvil.
Otra vez la misma coreografía institucional: balas primero, comunicado después, silencio al final. Mientras tanto, una menor carga con las consecuencias físicas junto con el peso simbólico de una ciudad que presume operativos, mesas de seguridad, cifras “a la baja” según discurso estatal. La realidad en calle no suele ajustarse a la narrativa.
La colonia Gabilondo no es un punto rojo permanente en los mapas oficiales. Eso vuelve más incómodo el episodio, si la violencia ya no distingue zonas, si aparece a plena luz del día, si alcanza a una niña, entonces el problema es más profundo que una disputa entre grupos criminales. Es un síntoma de control territorial fragmentado, de inteligencia fallida, de prevención inexistente.
La Fiscalía promete investigar, prometer es sencillo, resolver es otra historia. La ciudadanía no necesita más acordonamientos con cinta amarilla ni boletines escuetos. Necesita resultados, detenciones, procesos judiciales sólidos, necesita que el gobierno deje de administrar la violencia como estadística.
Antes de que el alcalde Ismael Burgueño junto con su secretario de Seguridad Pública José Avilés Amezcua salgan a declarar que la Policía Municipal es únicamente preventiva, convendría que expliquen dónde estaban sus unidades oficiales cuando una menor fue alcanzada por las balas. Si el argumento será la falta de elementos, entonces que revisen la distribución de los recursos humanos, tal vez reducir el número de escoltas asignados a ellos mismos sería un buen inicio. Si nada deben, nada tendrían que temer. La prevención no puede limitarse a discursos ni a patrullajes simbólicos que solo sirven para la fotografía institucional.
En Tijuana las balas no discriminan horarios, tampoco deberían hacerlo las responsabilidades.

