Tijuana, B.C. — Mientras la gobernadora Marina del Pilar Ávila Olmeda presume cifras “históricas” de bienestar y reducción de la pobreza durante su jornada territorial en Tijuana, en las calles la historia es otra: la gente no ve el bienestar, lo padece.
En su discurso, la mandataria aseguró que Baja California es el estado con menor pobreza del país, con más de 23 mil millones de pesos invertidos en infraestructura y 13 mil millones en programas sociales, además de la incorporación de 31 nuevas unidades de transporte sustentable y avances en salud, educación y equidad.
Pero el contraste es inevitable.
Tijuana —la ciudad que más aporta al PIB estatal— sigue hundida en el rezago urbano, la inseguridad y la precariedad de servicios básicos. Mientras en el papel se eliminan carencias, en la realidad faltan luminarias, el transporte público es caótico y las colonias populares siguen sin agua ni pavimento.
El informe destaca obras como el Hospital General de la Zona Este, el Puente Casablanca, los nodos Morelos y Alamar-Terán y la rehabilitación de la planta de San Antonio de los Buenos, pero ninguna de ellas ha transformado la vida diaria de quienes esperan horas en el tráfico, lidian con fallas eléctricas y viven con miedo a la delincuencia.
El alcalde Ismael Burgueño Ruiz, fiel al guion, aplaudió los logros de la gobernadora y aseguró que “nunca antes se había invertido tanto en Tijuana”. Sin embargo, su administración no ha podido resolver lo básico: calles intransitables, alumbrado deficiente y una percepción de inseguridad que crece cada día.
La narrativa oficial suena a éxito administrativo, pero los tijuanenses la viven como una contradicción cotidiana. Porque cuando se habla de “reducción de la pobreza”, no se explica con base en qué indicadores ni bajo qué criterios. ¿De verdad desapareció la pobreza… o simplemente cambió de categoría estadística?
Mientras los discursos se llenan de palabras como “honestidad”, “igualdad” y “bienestar”, en las colonias de la periferia la realidad se sigue midiendo con hambre, miedo y frustración.
En Tijuana, la pobreza no se erradicó. Solo se maquilló con anuncios, conferencias y cifras alegres.

