Qué curioso, apenas la presidenta Claudia Sheinbaum aseguraba que “la seguridad está controlada” y que existe una coordinación “excelente” entre los tres niveles de gobierno. Pero en Tijuana, esta mañana, aparecieron tres cadáveres maniatados y con signos de violencia, arrojados dentro de un vehículo en la colonia El Roble, como si la violencia se burlara abiertamente del discurso oficial.
El escenario es conocido: un auto abandonado, cuerpos torturados, cartulinas con mensajes del crimen organizado y una respuesta institucional de manual: acordonamiento, peritajes, cero detenidos. Otra escena del terror cotidiano que se suma al archivo impune de Baja California.
¿Dónde quedó el supuesto control? ¿En qué parte del país vive Sheinbaum cuando asegura que la estrategia de seguridad funciona? Porque desde esta esquina del mapa, lo único coordinado parece ser el silencio de las autoridades ante la violencia. El alcalde Ismael Burgueño está más ocupado haciendo propaganda con recursos municipales que enfrentando la descomposición social de su ciudad. Mientras tanto, la gobernadora Marina del Pilar sigue repitiendo eslóganes de bienestar como si eso bastara para borrar los cuerpos.
El hallazgo en El Roble no es un hecho aislado, es un síntoma de algo mucho más grave: el fracaso absoluto de una estrategia de seguridad basada en el simulacro. Años de militarización, abrazos y operativos relámpago no han logrado desarticular ni contener el poder de las células criminales que actúan con total impunidad en las periferias.
Lo más preocupante: cada vez que aparece un nuevo crimen, las autoridades lo tratan como si fuera el primero, como si no hubiera un patrón, como si los responsables no fueran los mismos de siempre. Porque mientras el gobierno insiste en que “todo va bien”, los muertos siguen apareciendo, cada vez más cerca, cada vez más evidentes.

