El comunicado es impecable en forma, predecible en fondo. Morena respalda la reforma electoral de la presidenta, celebra la transformación, aplaude la reducción de costos, reitera compromiso histórico, cierra con consigna. Todo en orden, todo en automático.
La dirigente nacional, Luisa María Alcalde, parece haber entendido su papel como amplificadora institucional, el problema es que un partido no es una bocina o no debería serlo.
El texto difundido por el CEN no contiene un solo posicionamiento que no haya sido ya expresado por la Presidencia, no hay matices, no hay defensa técnica detallada, no hay respuesta preventiva a críticas previsibles sobre representación proporcional, concentración de poder o rediseño legislativo. Hay entusiasmo, mucho entusiasmo, argumentación, poca.
Un partido en el poder cumple dos funciones simultáneas: respaldar a su gobierno además de construir estructura política propia. En lo primero, Morena cumple con disciplina casi litúrgica, en lo segundo, las grietas comienzan a notarse. Estructuras territoriales incompletas, disputas internas por candidaturas, operadores locales descoordinados. El movimiento que nació como maquinaria electoral hoy gobierna casi todo, pero su engranaje interno luce desajustado.
La ironía es evidente. Morena se presenta como instrumento de democratización profunda mientras su comunicación interna reduce el debate a consignas. La reforma electoral puede tener méritos discutibles, lo que no tiene, al menos en la voz partidista, es defensa sofisticada. Se limita a repetir que devolverá el poder al pueblo. Frase potente, argumento insuficiente.
Si el partido renuncia a elaborar pensamiento propio, termina convertido en departamento de difusión de Palacio Nacional. En ese rol, Alcalde tiene futuro prometedor, como jefa de comunicación presidencial sería eficaz: claridad en el mensaje, disciplina absoluta, alineación sin fisuras.
El problema es que presidir un partido implica algo más incómodo: administrar disensos, ordenar estructuras, procesar conflictos internos, generar narrativa política autónoma, no solo aplaudir.
Morena enfrenta un dilema silencioso, puede consolidarse como fuerza hegemónica con músculo institucional propio o diluirse en la sombra del ejecutivo, el comunicado reciente inclina la balanza hacia lo segundo.
Un partido que solo repite termina perdiendo voz y cuando la política se queda sin voz crítica interna, el poder comienza a hablar solo. Nunca es buena señal.

