Tijuana, B.C. — La llegada de Mónica Juliana Vega Aguirre a la dirección de la Comisión Estatal de Servicios Públicos de Tijuana (CESPT) no es una casualidad administrativa ni una simple decisión técnica. Es, más bien, una jugada política anticipada en un tablero que comienza a reacomodarse ante el desgaste acelerado del gobierno del estado y su titular.
En el papel, el currículum luce presentable: licenciada en Comunicación por la Ibero Tijuana, maestra en Administración por Cetys, diplomados en gestión pública y estudiante de Derecho. En la práctica, su carrera ha sido esencialmente política, construida desde los 23 años dentro del servicio público, con paso por el Instituto Municipal de la Juventud y dos periodos como regidora en Tijuana. Reglamentos, comisiones y discursos no le son ajenos.
Sin embargo, su verdadero mérito político no está en los documentos oficiales, sino en su capacidad de adaptación. Militante activa del PAN en sus inicios, después en el PES y hoy cobijada por el Partido Verde, Vega Aguirre representa a la perfección la movilidad ideológica que caracteriza a la clase política cuando el poder cambia de manos. No es una historia de convicciones, sino de ubicación estratégica.
Su etapa como regidora de oposición quedó marcada más por los gritos al último alcalde panista que por resultados de fondo, después vino su transformación más importante: convertirse en una operadora leal, disciplinada y funcional al círculo de la gobernadora Marina del Pilar Ávila Olmeda, uno de los pocos perfiles que, según pasillos políticos, aún responde sin cuestionamientos.
Hoy, cuando la gobernadora enfrenta un cerco político creciente, señalamientos constantes y una pérdida evidente de control rumbo a los próximos procesos electorales, el movimiento es claro: acomodar piezas, empoderar cuadros propios y dejar sembradas posibles candidaturas. Colocar a Vega Aguirre al frente de la CESPT no solo le da visibilidad, manejo de recursos y estructura territorial; también la proyecta como una figura que se busca capitalizar para el futuro inmediato.
El problema es que el contexto ya no es el mismo. Todo indica que el sello político de Marina del Pilar y de su entorno cercano será un lastre más que un impulso en los próximos comicios y en ese escenario, cualquier figura que huela a ese grupo corre el riesgo de ser vetada antes de despegar.
La pregunta no es si Mónica Juliana Vega Aguirre tiene preparación académica suficiente. La pregunta es si este nombramiento responde a las necesidades reales de Tijuana… o a la urgencia de una gobernadora que empieza a quedarse sin margen de maniobra.

