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Ni la lluvia lava la sangre en Tijuana

En Tijuana, la tormenta es permanente aunque el pronóstico oficial diga cielo despejado.

La noche del martes volvió a confirmar lo que en el discurso oficial se niega con insistencia casi religiosa: en Tijuana la violencia no descansa. Poco antes de las 20:00 horas, en el Cañón Palmeras de la colonia Ciudad Jardín, delegación Playas, un hombre fue ejecutado dentro de un domicilio. Afuera podía caer agua del cielo, adentro caían balas.

Paramédicos de la Cruz Roja llegaron solo para certificar lo evidente, la vida ya se había ido. Los responsables escaparon en una Ford Explorer color arena, según versiones preliminares, otra camioneta más que se esfuma en la noche tijuanense como si las calles fueran territorio sin ley.

El libreto se repite con precisión burocrática. Arriban patrullas de la Policía Municipal, se suma el Ejército, la escena queda acordonada. La Fiscalía General del Estado procesa indicios. Se promete investigación, se habla de operativos, horas después aparece un vehículo con características similares, mal estacionado en el Cañón Sabino, se resguarda., se inicia otra carpeta, finalmente la ciudad suma otro número a la estadística.

Mientras tanto, desde los escritorios climatizados se presume coordinación interinstitucional, se anuncian mesas de seguridad, se repiten cifras maquilladas que intentan convencer de que la estrategia funciona. La realidad en colonias como Ciudad Jardín contradice cada boletín triunfalista. La violencia no distingue delegaciones ni horarios. Tampoco respeta puertas cerradas.

En Playas de Tijuana, zona que durante años se vendió como relativamente tranquila, hoy se acumulan hechos que desmienten esa narrativa. La expansión del crimen no es percepción, es evidencia cotidiana. La pregunta incómoda es cuánto más se normalizará la ejecución nocturna antes de que el gobierno admita que la estrategia actual hace agua.

En Baja California se habla de transformación, de inteligencia, de coordinación histórica. Sin embargo, la lluvia no borra casquillos. Tampoco disuelve la impunidad, la ciudad se acostumbra a vivir entre acordonamientos mientras la autoridad se acostumbra a explicar lo inexplicable.

Aquí no falló el clima. Falló el Estado.

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