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Plan B: cuando el Senado se vuelve ring… pero sin árbitro

Redacción Contraste BC · 26 de marzo de 2026
Plan B: cuando el Senado se vuelve ring… pero sin árbitro

En el Senado mexicano ya no se debate, se escenifica. El reciente choque entre Lilly Téllez y Saúl Monreal no es una anomalía: es el síntoma perfecto de una política que ha cambiado argumentos por adjetivos, evidencia por espectáculo.


El contexto no es menor. Se discutía el famoso “plan B” de la reforma electoral, ese paquete legislativo que el oficialismo ha defendido como austeridad democrática mientras la oposición lo describe como un elegante desmontaje institucional. Un tema que exigiría precisión técnica, datos duros, visión de Estado. En su lugar, tuvimos un intercambio digno de sobremesa crispada.


Téllez lanzó la palabra “narcopolítico” como quien arroja una granada verbal al pleno. No presentó pruebas en ese momento, no construyó un argumento, no matizó. Monreal respondió con lo previsible: negación categórica, exigencia de evidencias, amenaza implícita de consecuencias. Dos discursos que no se cruzan, dos narrativas que no dialogan. El Senado convertido en eco de sí mismo.


Aquí el problema no es solo el exceso retórico de una senadora conocida por su estilo frontal. Tampoco se reduce a la defensa airada de un legislador oficialista. El fondo es más incómodo: cuando las acusaciones graves se banalizan, pierden fuerza incluso cuando podrían ser ciertas. La política mexicana lleva años jugando con fuego en ese terreno, erosionando la credibilidad de todo señalamiento.


Mientras tanto, el “plan B” sigue su curso. Entre gritos, descalificaciones, micrófonos abiertos que captan más enojo que ideas. La discusión de fondo queda relegada a segundo plano, como si modificar las reglas del juego democrático fuera un trámite menor frente al placer inmediato del escándalo.


La escena deja una pregunta inevitable: ¿quién gana con esto? No el ciudadano que intenta entender qué cambia en su sistema electoral. No las instituciones que requieren legitimidad. Quizá ganan los algoritmos, siempre ávidos de conflicto. Quizá ganan los propios políticos, cómodos en una dinámica donde la indignación sustituye a la rendición de cuentas.


El Senado no está para eso. O al menos no debería estarlo. Pero cada episodio como este confirma que el problema no es un momento de tensión, sino un modelo de hacer política donde el ruido ya no es consecuencia del debate: es el producto principal.

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