Gobierno
Santa Fe invoca su voz y detiene el camposanto que no pidió
Entre el cansancio cotidiano y la exigencia de futuro, vecinos logran suspender un proyecto que no resonaba con sus necesidades
Cuando la tarde del 18 de marzo comenzaba a desvanecerse, Santa Fe dejó de ser únicamente un conjunto de fraccionamientos para convertirse en un eco colectivo. Eran cerca de las 18:00 horas cuando, en un espacio cotidiano como el estacionamiento de una tienda, los residentes se reunieron no solo para dialogar, sino para resistir una decisión que sentían ajena a su realidad.
La propuesta de instalar el Panteón Municipal número 15 sobre el bulevar Banderas emergía, para muchos, como una presencia discordante. No por lo que representa en sí misma, sino por el momento en el que pretendía arraigarse en una zona que, según sus habitantes, aún clama por soluciones más urgentes.
Las voces de los colonos no se levantaron desde la negación vacía, sino desde la experiencia acumulada. Hablaron de trayectos que comienzan a las 4:00 de la mañana, de calles que no alcanzan a contener el flujo de quienes buscan llegar a sus destinos, de una movilidad que se ha vuelto una carga diaria. En ese contexto, el panteón aparecía como una estructura fuera de sincronía con el pulso del lugar.
Pidieron caminos antes que muros definitivos. Exigieron accesos viales que permitan respirar a la zona, un hospital de especialidades que atienda lo inmediato, lo vivo, lo urgente. La muerte, en su expresión institucional, parecía adelantarse a necesidades que aún no han sido resueltas para quienes habitan el presente.
En medio de ese cruce de intenciones, la figura del regidor Pablo Yáñez se posicionó como un puente entre dos visiones. Reconoció que el proyecto respondía a necesidades del municipio, pero también percibió la resistencia que brotaba desde la comunidad. Sus palabras, al asegurar que no se impondría a la fuerza y que debía existir consulta, actuaron como una pausa en el avance de lo ya trazado.
La reunión no fue un enfrentamiento, sino una afirmación. Un momento en el que la comunidad decidió nombrar lo que le duele, lo que le falta, lo que no está dispuesta a aceptar sin ser escuchada.
Horas después, esa energía encontró respuesta institucional. El Ayuntamiento de Tijuana informó que el proyecto del panteón quedaba, por ahora, suspendido. La razón oficial apuntó a las condiciones de movilidad de la zona, una limitante que, en realidad, había sido el corazón de la protesta.
El anuncio no cerró la historia, pero sí transformó su curso. Donde antes había certeza de construcción, ahora hay un terreno en espera. Un espacio suspendido entre lo que se planeó desde el escritorio y lo que se defendió desde la calle.
En paralelo, surgió otra posibilidad: la ampliación del panteón municipal número 14 en Valle Redondo. Una alternativa que intenta reacomodar la necesidad sin generar el mismo choque, como si se buscara un lugar donde la decisión no fracture el tejido comunitario.
Lo ocurrido en Santa Fe revela algo más profundo que una simple cancelación. Es la evidencia de que los territorios no son solo espacios físicos, sino narrativas vivas que responden cuando se sienten desplazadas. Es también un recordatorio de que las decisiones públicas, cuando no dialogan con la realidad cotidiana, pueden encontrar resistencia en quienes habitan sus consecuencias.
El bulevar Banderas, por ahora, no será el umbral de un nuevo camposanto. Permanece como una línea abierta, un trazo que aún debe reconciliarse con quienes lo recorren cada día.
Santa Fe habló antes de que la decisión se volviera irreversible. Y en ese acto, detuvo algo más que una obra: detuvo la imposición de un proyecto que no latía al ritmo de su gente.
Redacción Noticias ContrasteBC