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Tijuana colapsa: la ciudad vive atrapada entre baches, retenes y un gobierno sin rumbo

El tránsito se ha convertido en un infierno permanente, las vialidades están destruidas y no existe un solo plan de movilidad del Ayuntamiento; Tijuana es hoy una ciudad detenida mientras sus autoridades siguen ausentes.

Tijuana se ha convertido en un estacionamiento masivo, en todos los bulevares, vías “rápidas”, en las colonias y hasta en las calles secundarias, el tránsito está completamente rebasado. Trasladarse al trabajo, a la escuela o de regreso a casa después de una jornada de ocho o diez horas se ha vuelto una odisea diaria que puede tomar entre una hora a hora y media para recorrer distancias que, en cualquier ciudad funcional, tomarían diez o quince minutos. Salir de ciertas colonias es prácticamente un logro, una especie de “hazaña urbana” que solo quien vive en Tijuana entiende.

El caos vial no responde a un solo factor, es la combinación del crecimiento descontrolado de vehículos, la falta absoluta de planeación urbana y unas vialidades en condiciones deplorables. En algunos puntos es el exceso de tráfico; en otros, los hoyos, baches y hundimientos dignos de un paisaje lunar. Pero en la mayoría, son ambas cosas, es el colapso total.

A esta realidad, que ya rebasa la paciencia de los tijuanenses, se suma el elemento más absurdo: los retenes improvisados y sin justificación clara que aparecen a cualquier hora y que pueden detener el tráfico durante 20 o 30 minutos, incluso cuando no ocurre ningún operativo real. Para quienes tienen la fortuna de trabajar en horarios alternos y evitar las horas pico, estos retenes aparecen como trampas que convierten su recorrido en el mismo infierno que viven todos los demás.

Si por milagro logran esquivar el trafico y algun retén, aún deben cuidarse de la otra ruleta rusa de Tijuana: los baches sin atender, los hundimientos sin señalizar y las enormes zanjas que deja la CESPT después de reparar fugas o rupturas. Muchos automovilistas revientan llantas de madrugada, quedan varados en plena carretera o, peor aún, terminan atorados en un socavón que nadie se tomó la molestia de advertir.

En medio de todo esto no hay soluciones, no hay proyectos, no hay estrategias, no hay una sola línea de política pública que apunte a atender lo que ya es una emergencia de movilidad. A pesar de los discursos, los spots y las conferencias, lo cierto es que Tijuana avanza hacia un punto de no retorno mientras su gobierno municipal permanece paralizado, administrando el desastre en lugar de solucionarlo.

La ciudad vive detenida, la movilidad está rota, la infraestructura está colapsada y los ciudadanos están cansados de esperar un plan que nunca llega.

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