Tijuana en picada: la ciudad que normalizó la barbarie

Tijuana ya no arde, se pudre en silencio. Entre agentes que asaltan, guardia nacional que irrumpen en casas y ladrones que entran y salen de bancos como Pedro por su casa, lo único blindado es el cinismo del poder. Mientras el alcalde se esconde y su secretario juega al fantasma, la ciudad entera aprende a caminar con miedo, como si fuera parte del paisaje. Aquí, el crimen no duerme, pero el gobierno sí… y ronca.

Otra semana, otra humillación para Tijuana. Esta vez no fue un comando encapuchado irrumpiendo en una casa para robar a una pareja de médicos —aunque eso sigue impune, por cierto—, ni un policía municipal sometiendo a un empresario como si estuviera arrestando a “El Mayo”. No, ahora fue un asalto a mano armada en pleno bulevar Casa Blanca, a una sucursal del HSBC. A plena luz del día, a plena vista de todos, otra raya para este tigre desdibujado llamado “seguridad pública”.

Claro, después del atraco llegaron corriendo los de siempre: Guardia Nacional, Ejército, Policía Municipal… a tapar el pozo sin siquiera saber si el caballo estaba sediento. El ladrón ya iba en su moto, feliz y armado, mientras los operativos se activaban como si fuera un simulacro de primaria.

Pero no nos confundamos: el caos no es fortuito, es resultado de un abandono sistemático, una permisividad institucional que permite que hombres armados, con uniforme o sin él, hagan lo que se les antoje. Hoy es un banco, ayer una casa, mañana, ¿qué sigue? ¿una escuela?

Jorge Ramos, el exalcalde reciclado en diputado, aprovechó la coyuntura para advertirnos que podríamos “regresar al pasado”, ¿Perdón? ¿Acaso nos fuimos alguna vez? Porque si esta es la “transformación”, alguien la está proyectando al revés.

El problema no es sólo que los cuerpos de seguridad estén infiltrados o que las instituciones estén podridas, es que nadie en el poder municipal, ni Ismael Burgueño ni su secretario de seguridad Jose Aviles Amezcua, ha dicho una sola palabra. El silencio es ensordecedor, tan sospechoso como cobarde.

Mientras tanto, los ciudadanos aprendemos a vivir con miedo y resignación, mientras los criminales —con o sin uniforme— aprenden que en Tijuana se puede todo. Menos exigir respuestas.

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