La narrativa oficial insiste, una y otra vez, en que la seguridad en Tijuana “va a la baja”. Que los homicidios disminuyen, que la estrategia funciona y que el control se está recuperando. Pero la realidad, la que se vive en las calles, colonias y banquetas, es brutalmente distinta. Mientras el gobierno presume números, la ciudad sigue acumulando cadáveres.
En solo los últimos días se han generado al menos diez asesinatos y muertes violentas, no rumores, no percepciones. Hechos documentados. Títulos que hablan por sí solos: Doble homicidio en la colonia Obrera, Persona asesinada en Camino Verde, Doble homicidio en Plaza Sendero, Hombre ejecutado en Divina Providencia con arma de alto poder, Persona maniatada y asesinada en México Lindo, Hombre hallado muerto en colonia México, Ataque armado en Infonavit Presidentes, Hallazgo de cadáver durante operativo por secuestro y la lista sigue creciendo.
¿En qué parte de esa realidad encajan los discursos triunfalistas? ¿En qué gráfico cabe un cuerpo envuelto en una lona, con un cable al cuello? ¿En qué porcentaje se mide el terror de una plaza comercial convertida en escena del crimen? ¿Quién decide qué muertes cuentan y cuáles no para “mejorar” los indicadores?
La pregunta va directa al presidente municipal, Ismael Burgueño. ¿Qué está haciendo su secretario de Seguridad mientras la ciudad se desangra? ¿De dónde salen esos números “maravillosos” que aseguran que todo va mejor? Porque en las colonias no se sienten. En las familias no se ven. En los medios no se reflejan.
José Alejandro Avilés Amezcua, ¿realmente cree que la ciudadanía es ingenua? ¿Que no distingue entre propaganda y realidad? Los tijuanenses no viven en conferencias de prensa, viven entre patrullas que llegan tarde, escenas acordonadas y una violencia que no da tregua. La percepción de inseguridad no nace del miedo irracional, nace de los muertos diarios.
Negar la magnitud del problema no lo reduce, maquillar cifras no salva vidas, repetir que “vamos bien” mientras se acumulan homicidios solo profundiza la desconfianza. Tijuana no necesita discursos, necesita resultados, porque hoy, más allá de cualquier estadística oficial, la verdad es una sola: Tijuana sigue ensangrentada.

